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La dictadura bolsonarista puede destruir Suramérica

Al instaurar su planeado régimen autoritario, Jair Bolsonaro no podrá mantener la heterogénea alianza que lo sostiene y agudizará las tensiones internas y externas

por Eduardo J. Vior

Eduardo J. Vior

Después de que el manifiesto de Jair Bolsonaro en el acto del pasado domingo 20 en la Av. Paulista de São Paulo confirmó que planea instaurar una dictadura y de que las últimas encuestas hicieron previsible su triunfo sobre Fernando Haddad el próximo domingo 28, las especulaciones de los analistas se dirigen a prever el curso de su probable gobierno.

Cuatro ejes se perfilan claramente en la futura acción internacional del presidente Bolsonaro. En primer lugar, afianzará estrechos vínculos diplomáticos e ideológicos con los gobiernos de EE.UU. e Israel, segundo, en su ofensiva contra Venezuela puede llegar hasta la agresión militar. En tercera instancia, en América del Sur aspira a formar con Argentina, Paraguay, Chile y Colombia una alianza de gobiernos conservadores. Finalmente, si bien ha dicho que no piensa retirar a su país del Mercosur, pretende “desideologizarlo”.

Sin esperar a que el domingo próximo las urnas lo confirmen, el candidato ultraderechista ya llamó el pasado martes 16 a Mauricio Macri, para ratificar la «relación estratégica» entre Brasil y la Argentina. El sábado último también se comunicó con el presidente paraguayo Mario Abdo Benítez, a quien le expresó su deseo de fortalecer las relaciones bilaterales. En tanto, en su casa de Río de Janeiro recibió también a los senadores chilenos Jacqueline van Rysselberghe y José Durana, de la base parlamentaria del gobierno de Sebastián Piñera quien ya había manifestado públicamente su apoyo al futuro superministro económico de Bolsonaro, Paulo Guedes, quien, tras formarse en la Universidad de Chicago con Milton Friedman, durante la dictadura de Augusto Pinochet fue profesor en la Universidad de Chile. Según fuentes de la campaña, se espera que en los próximos días Bolsonaro también converse con Piñera y con el presidente de Colombia, Iván Duque.

El Mercosur no es mencionado en el programa electoral del candidato, que sólo apunta a una reforma de Itamaraty y, en general, a profundizar la integración con los países latinoamericanos «que estén libres de dictaduras». En cambio, sí ha destacado que pretende forjar un alineamiento más firme con Washington e intensificar la colaboración y el comercio con Israel, Corea del Sur e Italia (ya está en comunicación con el viceprimer ministro italiano, el ultraderechista Matteo Salvini).

Aunque ya tiene un equipo que está elaborando los lineamientos de la política exterior, todavía no ha decidido, si para ejecutarla designará a un político o a un diplomático de carrera. Entre las opciones «políticas» suena mucho la senadora Ana Amélia Lemos, del Partido Progresista, ex compañera de fórmula de Geraldo Alckmin. Actual titular de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, luego de la primera vuelta se apresuró a respaldar al aspirante del PSL. De ser nombrada, sería la primera mujer canciller en la historia de Brasil.

Otro nombre político que se baraja es el del empresario Luiz Philippe de Orléans e Bragança, diputado electo por el PSL por São Paulo y heredero de la familia imperial derrocada en 1889. El Príncipe (como lo llaman) quiere revisar la estructura del Mercosur e impulsa la firma de acuerdos bilaterales de libre comercio, como el que acaban de negociar Brasil y Chile.

Entre las alternativas diplomáticas, en tanto, uno de los favoritos sería el embajador Ernesto Fraga Araújo, actual director del Departamento de Estados Unidos y Canadá de Itamaraty, firme defensor de Bolsonaro e impulsor de una «relación carnal» con Washington. Otras posibilidades profesionales serían el embajador Luiz Fernando Serra y tres mujeres embajadoras de alto perfil: María Luiza Ribeiro Viotti (actual jefa de gabinete del secretario general de la ONU, Antonio Guterres), María Nazareth Farani de Azevedo (representante permanente de Brasil ante la ONU en Ginebra) y María Dulce Silva Barros (subsecretaria general de Comunidades Brasileñas y Asuntos Consulares y Jurídicos en Itamaraty).

Por la conformación de su base de apoyo, da la impresión de que la política exterior de Bolsonaro oscilará entre el ideologismo, la demagogia y los intereses contrapuestos del Ejército, los grupos financieros, los terratenientes exportadores y los industriales de São Paulo, donde están las mayores industrias exportadoras del país, especialmente la automotriz. Indudablemente, Brasil buscará imponer a sus vecinos acuerdos comerciales desiguales, intervendrá en sus asuntos internos aplicando presión militar (especialmente en la Cuenca del Plata), probablemente entregue a Estados Unidos la base aeroespacial de Alcántara, en el nordestino Estado de Maranhão, y financiará la expansión de sus iglesias pentecostales allende las fronteras. Sin embargo, si se embarca junto con Washington y Bogotá en una intervención militar contra Venezuela, provocará un conflicto bélico de larga duración y amplio alcance, que fracturará el continente e involucrará también a Bolivia, Nicaragua, Cuba, Rusia, Irán y China.

Como el Ejército brasileño se concibe a sí mismo como pilar y equilibrador del Estado, en principio no es previsible que quiera meterse en un conflicto armado de grandes proporciones, antes de “reordenar” el escenario interno en el sentido propuesto por el “Grupo Brasilia” (equipo cívico-militar liderado por el general Augusto Heleno que se viene reuniendo en Brasilia desde hace un año, para planificar el futuro gobierno): combate a la corrupción y a la criminalidad, represión de los movimientos sociales y de la izquierda, disciplinamiento de los trabajadores y relanzamiento del crecimiento económico.

Sin embargo, a pesar de la confianza que los medios conservadores y liberales y los grandes grupos financieros tienen en que el superministro Paulo Guedes y los militares “moderen” a Bolsonaro, éste es un delirante paranoico, megalómano y místico. Cuando haya que comenzar a repartir los escasos recursos del Estado, la heterogénea alianza que lo está llevando al poder fracturará. Rupturas, enfrentamientos y persecuciones dentro de la elite serán entonces moneda corriente. Si por el desgobierno la crisis se agudiza, no sería raro que el presidente mesiánico intente imponer una dictadura personal con ayuda de las milicias evangelistas, los parapoliciales y las fuerzas de choque de los terratenientes. En ese contexto, también puede ocurrírsele invadir Venezuela, para coronarse como nuevo emperador de los trópicos.

El domingo próximo marcará el comienzo de una época tan negra de la historia suramericana, como no la hemos vivido desde 1865. Que el resultado sea diferente depende de la unidad de las fuerzas democráticas.

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